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PERDIDA

Parábola de las semillas de sésamo

Una joven y afligida madre, lamentando la muerte de su bebé, busca consejo en Buda.  La mujer explica a Buda su insoportable pesar y su incapacidad para reponerse a esa devastadora pérdida.  Buda le pide que llame a todas las puertas del pueblo y pida una semilla de sésamo en cada casa en la que no se haya conocido la muerte.  Después, deberá traérselas a él.  Ella, obediente, va de puerta en puerta y, mientras sale con las manos vacías de cada una de las casas, comprende que no hay ningún hogar que no haya sido azotado por la muerte.  La mujer regresa donde Buda sin semilla alguna, y Buda le dice lo que ella ya ha comprendido: que no está sola. La muerte es algo que alcanza a todos, a cada familia.  Es sólo una cuestión de tiempo. Lo que es inevitable, le dice el maestro, no debe lamentarse en exceso.”

 

La pérdida, forma parte de nuestra vida. Sin ella no sería compresible esta, si no hubiera fin no podría comenzar algo nuevo. El miedo a la perdida nos hace rehuirlo, alejarlo, olvidarlo para hacerlo invisible. Detenerse en que nuestra vida se compone de tiempo limitado compartido con otros, pero siempre en soledad, puede darnos vértigo y mucho desasosiego. Pensar, que aunque nos creamos amados y correspondamos a es amor con todo nuestro corazón siempre perderemos lo amado, puede entristecernos profundamente.

 

Nuestras lágrimas, son por los momentos vividos con ese ser especial con el que no volveremos a compartir y que sin él no tienen sentido, no porque no podamos volver a amar y sentir lo que añoramos del que se fue. Lloramos por nosotros mismos, por lo que ya no volveremos a tener. Es en el dolor donde se manifiesta nuestro egoísmo, la baja tolerancia a la frustración de renunciar a lo que nos hacía feliz.

 

La muerte nos da terror, nos hace frágiles. Ayuda a recordar que la vida es finita, que pensar en el futuro y detenerse en el pasado nos hace perder minutos del presente, del tiempo real el aquí y ahora. Puede hacernos reflexionar si merece la pena hacer si al final no nos llevamos nada, claro que también recordemos qué otra cosa hace nuestro cerebro que no sea crear aunque nuestras manos no se muevan.

 

Está en nuestro ADN, la muerte y la creación, es muy terca la vida que nos utiliza para continuar. El miedo paraliza, pero hace que nuestro organismo se trasforme y prepare para afrontarlo, por lo tanto necesario en el aprendizaje de la supervivencia.

 

La pérdida se produce cada día e instante, es innumerable las veces que nos ocurre a lo largo de nuestra vida. Desde un juguete, un amigo, un padre, y todo lo que está apareciendo en tu mente mientras lees este artículo.

 

También perdemos cuando debemos renunciar a tantas cosas con las que antes disfrutábamos y que ahora nos son imposible de realizar sin que las consecuencias sean negativas. Y la pérdida nos obliga a cambiar, a rehacer la vida, ahora con el recuerdo pero con la necesidad de encontrar otro modo de vivir, distinto pero igual de valido y satisfactorio que el anterior.

 

Con cada pérdida se abre un espacio que puede ser ocupado por otro con el que compartir tanto el tiempo como el amor que seguirá brotando aunque creas que solo son lágrimas las que tu corazón puede ofrecer en estos momentos. El duelo es importante porque es el espacio en el que aceptamos y comprendemos lo ocurrido, es bueno dejar que fluya la pena que nos aleja del ruido y nos permite centrarnos en el dolor, sin él no se produce la cura ni cicatriza la herida. El tiempo necesario para pasarlo solo cada uno lo decide, sabremos qué ocurre cuando lo cotidiano se haya acomodado y solo echemos de menos lo perdido en algunos momentos concretos. Cuando el recuerdo no sea recurrente para reclamar ayuda, ni excusa para adaptarnos a lo nuevo.

 

Aceptar la pérdida, reconocer que somos vulnerables y capaces de continuar sin lo perdido, nos da idea de lo que amamos la vida. Mira a tu alrededor y sonríe por lo que tienes y por lo que tuviste y forma parte de ti, ahora y siempre.